La diferencia está en que la motivación se centra en una suposición errónea en la que para completar una idea se debe tener un buen estado mental y emocional; mientras que en la disciplina el estado de ánimo y los sentimientos no se mezclan, lo que da como resultado beneficios asombrosos.
Llevar a cabo tareas de manera exitosa produce una paz interior y estados anímicos que la mayoría de las personas que postergan las cosas necesitan para realizar sus actividades.
Cuando una acción depende de los sentimientos, estar esperando la motivación adecuada se convierte en una postergación engañosa.
Si estás esperando encontrar el momento en el que te sientas preparado para hacer algo, estás acabado. Y justo es de esa manera como aparecen los síntomas de la postergación.
En pocas palabras, buscar una motivación significa que sólo harás algo cuando estés de humor para hacerlo. Pero la clave está en cortar cualquier relación existente entre los sentimientos y las acciones para simplemente hacer lo que tengas que hacer.
A veces el mundo real necesita que las personas hagan las cosas que nadie en sus plenas facultades mentales querría realizar con entusiasmo. Por lo tanto, la motivación se presenta como un obstáculo insuperable que intenta dirigir el entusiasmo hacia algo que objetivamente no se merece.
La motivación existe cuando intentas aumentar la presión, o en el mejor de los casos cuando intentas conservar y transformar la energía para un objetivo concreto. Mientras que la eficiencia no tiene estados anímicos adecuados para lograr un resultado contundente y a largo plazo, por eso es que la disciplina supera a la motivación.
En conclusión, se puede definir a la disciplina como un sistema que es más o menos constante, y la motivación como un objetivo que es pasajero.
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