Según el diccionario de la Real Academia Española, automedicarse es tomar o seguir un tratamiento sin prescripción médica. Una costumbre muy arraigada en la población por esa obsesión que se tiene en ser médico de uno mismo, o de los que nos rodean, lo cual suele crear problemas, a veces serios y graves, sobre todo si no se tienen suficientes conocimientos.
Las estadísticas hablan de que en las últimas décadas hasta un 60% de las personas adultas lo hacen de una forma incontrolada, con una mortalidad estimada en todo el mundo en el año 2007 de 7 millones de personas, con un incremento progresivo de estas cifras debido a esa creencia que hay de que muchos medicamentos son inocuos y se pueden usar de formar indiscriminada. Así, en Estados Unidos es la primera causa de mortalidad en el grupo de personas entre 45 y 54 años, por encima del número de accidentes de tráfico, lo cual da idea de su importancia. En España mueren entre 15.000 a 20.000 personas al año.
En Europa, los países donde más se practica la automedicación son en Alemania, Bélgica, Gran Bretaña e Irlanda, aunque, sin embargo, España junto con Italia son los países donde más antibióticos se consumen sin control médico y donde más se acumulan en los hogares.
Antibióticos y analgésicos
Los fármacos más usados en esta errónea costumbre son los analgésicos, los antibióticos, los tranquilizantes y los descongestionantes nasales, muchos de los cuales se pueden adquirir sin receta en las farmacias y, a pesar de los denodados esfuerzos por parte de los profesionales farmacéuticos para que las personas no los consuman sin control, existe una antigua práctica de almacenar medicamentos en los domicilios y, cuando han servido para una enfermedad, volver a usarlos si se repiten síntomas parecidos.
Un ejemplo muy claro es la siguiente situación: Juana, que tiene 85 años, padece hipertensión arterial y diabetes mellitus, para lo que toma la medicación prescrita por su médico de familia de forma correcta, con unos controles periódicos dentro de los límites.
Pero Juana un día comienza con unos pocos mocos, tos y malestar general y, como no quiere ir a molestar a su médico, lo comenta con su vecina Paca, que le dice: «Tranquila Juani, tengo un jarabe en casa que me dio un día el farmacéutico cuando yo estaba igual que tú, con una gripe como ésta, y me fue muy bien».
Así que Juana se empieza a tomar el jarabe y a los pocos días tiene que ser ingresada en el hospital por descompensación de su diabetes, así como por una crisis hipertensiva y los médicos le explican que el jarabe que le dio su vecina Paca, que tan bien le había sentado a ésta, tiene azúcar y un componente que eleva la tensión arterial, con el consiguiente riesgo para Juana.
Esta es una situación bastante cotidiana, sobre todo en la población anciana, que ya está bastante polimedicada por la pluripatología previa que padece. Es, además, un grupo muy predispuesto al consumo de fármacos sin control médico por una arraigada costumbre en tener siempre jarabes u otros fármacos en casa.
Otra situación bastante frecuente es la siguiente: «Javier es una persona con problemas de nervios y epiléptico, que está a tratamiento con su especialista, pero tiene la costumbre de acudir al herbolario de debajo de casa donde le venden diferentes hierbas para hacer infusiones con la esperanza y la expectativa de poder controlar sus problemas. Pero un día el herborista le vende 'hierba de San Juan', porque Javier está un poco deprimido.
A los pocos días tiene que ir a Urgencias porque se encuentra más deprimido y, además, no puede dormir y, cuando el médico decide ajustarle la medicación por si se trata de un problema de la misma, Javier, sin darle importancia, confiesa que está tomando esta hierba.
El médico le explica que debe suspender su consumo pues es la causa de sus problemas en ese momento: disminuye la eficacia del alprazolam y de la paroxetina que tiene que utilizar para su dolencia, además que, como Javier también es epiléptico y está tomando fenitoína, ha tenido un alto riesgo de sufrir una crisis convulsiva, pues también disminuye la efectividad de la misma.
Este es otro ejemplo muy ilustrativo y cotidiano basado en la creencia, fomentada muchas veces por falsos profesionales, de que los productos de herboristería, plantas medicinales o de parafarmacia son inocuos por ser naturales, cuando realmente son fármacos no elaborados, con los mismos riesgos y, a veces, mayores por el escaso control que hay sobre las dosis exactas.
Muchos se toman en forma de infusiones, a diferencia de los medicamentos de los laboratorios farmacéuticos. Estos últimos llegan al mercado tras ser sometidos a numerosos controles y ensayos clínicos basados en la evidencia científica, mientras que los primeros no solo carecen de controles, sino que, incluso en muchos de ellos no está demostrada su eficacia en las presuntas indicaciones para los cuales se comercializan y con el riesgo de interacciones con fármacos prescritos por los médicos para diversas enfermedades. Larioja.com

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