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El Chavo y la infancia que nos acompaña


Luego de cuatro décadas, la saga del emblemático personaje continúa vigente
Escena del Chavo del 8 en la que aparece Chespirito con la Chilindrina y su padre, Don Ramón. (Archivo/El Nuevo Día)
Por Mario Alegre Barrios / elnuevodia.com
Desde hace cuarenta años es un niño.
Sin padre ni madre conocidos, se inventó un pasado oscuro para armar desde esa bruma una metáfora de la realidad que es común en infinidad de lugares de nuestra América, donde la candidez se convierte en malicia para desafiar la adversidad, para malcomer, para no morir.
Transitaba de la niñez a la adolescencia cuando lo conocí. Era el principio de los 70, los ecos de Woodstock aún se escuchaban a la distancia, los Beatles se disolvían y la guerra de Vietnam ensombrecía los titulares periodísticos.
Con sus pantalones cortos raídos, tirantes de retazos de tela, polo descolorida, gastadas botas de construcción y gorra con orejeras, el Chavo -del Ocho primero, por el canal de televisión donde primero fue al aire, sin apellido después- le puso rostro en esos días a quien yo ya conocía desde algunos años antes, a Roberto Gómez Bolaños -alias “Chespirito”-, libretista de otro popular programa que era uno de los más esperados cada semana en nuestra vieja Telefunken: “Cómicos y canciones Adams”, con Viruta y Capulina, otros célebres comediantes de la segunda mitad de los 60.
A partir de entonces, el Chavo -y el Chapulín Colorado, y la Chilindrina y Don Ramón, y Kiko y Doña Florinda, y el Profesor Jirafales y la Bruja del 71, y el Señor Barriga y el Doctor Chapatín- comenzaron a convertirse de alguna manera en parte de cientos de miles de familias a lo largo y ancho de nuestro continente, de Argentina a las comunidades latinas de Estados Unidos, desde esa vecindad tan parecida a la que fue la de muchos de nosotros en algún momento.
En reconocimiento a Chespirito y esa huella, desde el inicio de este año se han realizado varios homenajes en diversas ciudades del América Latina, tributo que culminará precisamente hoy, con un desfile en su honor a través del famoso Paseo de la Reforma del Distrito Federal mexicano y un espectáculo de tres horas de duración, que tendrá como sede el Auditorio Nacional, también en la Ciudad de México.
El festejo, denominado “América celebra a Chespirito”, incluirá una coreografía masiva y la final de los concursos de imitadores de sus personajes principales realizados en países como Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Costa Rica, Ecuador, Estados Unidos, Guatemala, Nicaragua, Perú y -por supuesto- México.
Desde la nostalgia
Cada cual hemos convivido con el Chavo y compañía a nuestra manera y evocamos nuestros primeros días con él desde esa perspectiva.
De la misma manera, este niño que no envejece nos acompaña al trazar una línea del tiempo hasta el día de hoy, cuando -aunque de una manera más esporádica- continúa con nosotros, en la misma vecindad, durmiendo en el mismo barril, con la misma ropa, rodeado de los mismos personajes y diciendo exactamente -palabra por palabra- las mismas frases y manteniendo los mismos diálogos que hemos visto y escuchado hasta la saciedad durante las últimas cuatro décadas, riéndonos un poco de la misma manera que lo hicimos desde la primera vez, aunque ahora con más nostalgia que sorpresa.
Cuando pienso en las razones de la asombrosa longevidad del Chavo y sus amigos, la más obvia -creo- es que de alguna manera retrata -de cerca o a cierta distancia- la infancia que todos vivimos o que algunos -aunque fuese desde su privilegiada curiosidad- desearon tener, en una época cuando la niñez lo era hasta los 15 o 16 años y los pasatiempos predilectos -sin Kinet, Wii y Playstation- eran el fútbol y la pelota en las calles, las muñecas, el trompo y las canicas.
Si es verdad que el idioma se construye desde el uso cotidiano, el Chavo y sus entrañables acompañantes -amigos alguna vez, varios fallecidos ya y enemistado hoy a muerte con dos o tres de los que quedan vivos- aportaron generosamente a ese acervo con algunas frases ya emblemáticas de esa cotidianidad televisiva que se incorporaron al hablar coloquial en toda Latinoamérica.
“Es que no me tienes paciencia”, “se me chispoteó”, “bueno, pero no te enojes”, “chusma, chusma”, “no contaban con mi astucia”, “con permisito dijo Monchito”, “me lleva el chanfle”, “¡oh!, y ahora, ¿quién podrá defendernos?” son algunas de esas expresiones acuñadas por la saga del Chavo que se dicen “sin querer queriendo”.
¿Qué representa el Chavo para usted? Para mí...
En México, con el Chavo en la pantalla, tuve mi primera novia -y mi primera tragedia amorosa cuando a los seis meses eso acabó-, terminé la secundaria, entré a la universidad y me gradué; con la compañía del Chavo me enamoré de la madre de mis hijos, nos carteamos durante tres años, nos casamos y vine a vivir a Puerto Rico; sin perder de vista al Chavo, me convertí en padre, me senté con mis hijos frente al televisor a ver sus episodios y me hice periodista.
También con el Chavo algo de todo eso terminó y otras cosas comenzaron, fundé un nuevo hogar y se renovaron viejas ilusiones.
Y hoy, a veces todavía con el Chavo en algún rincón de la añoranza, juego con mis nietos.
Sí, han pasado poco más de cuarenta años y el Chavo sigue siendo un niño. Quienes hemos envejecido somos nosotros.

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